Mateo 5, 13-16 - X Martes durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

Todo se transforma en bien para el que se conforma con la voluntad de Dios, dice algo así como una máxima espiritual, y, por otro lado, San Pablo lo dice así: “Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman” Por eso cuando buscamos el camino de Dios, cuando andamos por sus senderos y aprendemos a verlo en todas las cosas, incluso en lo que parece inaceptable en un momento, puede transformarse en un motivo para amar, para hacer su voluntad. El domingo escuchábamos que Jesús nos decía: “Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre»” ¿En qué cosas debemos conformarnos con la voluntad de Dios? Aunque te parezca extraño, una de ellas es en los defectos naturales, tanto de nuestra alma como del cuerpo. Quisiéramos ser de una manera u otra, quisiéramos ser perfectos, pero la realidad es que somos lo que somos, aunque a veces no nos guste. ¿No podría Dios habernos hecho un poco mejor? ¿Con más inteligencia, más memoria, más creatividad, más voluntad, más flacos, más lindos, más talento, más como quisiéramos? Esto es algo que a veces olvidamos y es fuente de muchas amarguras y tristezas a lo largo de la vida, no contentarnos con lo que Dios nos dio y renegar continuamente de eso. Sin embargo, una “sola cosa es necesaria” dice Jesús. Sin embargo, deberíamos dar gracias a Dios todos los días por habernos dado tanto y aceptar con alegría lo que nos hace ser distintos e irrepetibles, porque será desde ahí desde donde Dios hará su obra para santificarnos y santificar a otros por medio de nosotros.

¿Sabías que muchas veces no podemos ser lo que queremos ser, porque en realidad no sabemos todavía lo que ya somos? A veces vivimos en un eterno “querer ser alguien en la vida” y nos olvidamos de lo que ya somos. Muchas veces privilegiamos en nuestra vida el hacer, antes que el ser, el llegar a ser y no el ser. Esto nos pasa mucho. Nos cuesta muchísimo reconocernos a nosotros mismos y, por lo tanto, no terminamos de amarnos bien, no terminamos de dar frutos en nuestra vida. Como discípulos, como cristianos también puede pasarnos esto.

Te hago una pregunta: ¿Vos crees que ser buen cristiano es simplemente “hacer cosas buenas”, hacer muchas cosas por los otros, ser “buenos”? ¿Qué es para vos ser buen cristiano? Obviamente que el cristiano debe y hace cosas buenas. Es verdad, pero no toda la verdad o es parte de la verdad. Porque cosas buenas hacen muchísimas personas que no son cristianos. Gente de bien hay por todos lados, son muchas las personas buenas en este mundo que hacen y viven para los demás, gracias a Dios. Seguramente vos y yo hacemos cosas buenas, pero… ¿no será que las hacemos porque en realidad ya somos algo buenos? Entonces… ¿cuál es el distintivo de un cristiano? ¿Nos distingue algo de los demás, nos debería distinguir algo? ¿Somos especiales? ¿Qué es lo que Jesús dice que debe vivir un discípulo de Él?

El sermón de la montaña que estamos escuchando nos irá dando la respuesta poco a poco. Te vas a sorprender. Te lo aseguro. Acordate que es el corazón del Evangelio porque es el corazón de Jesús. Voy a insistir mucho en esto durante estos días. Hay cosas que hay que repetir para que queden grabadas para siempre en el corazón, solo a fuerza de repetirlas se meten realmente en el corazón y nos van transformando el pensamiento y la manera de vivir.

  Algo del evangelio de hoy nos dice: Vos sos sal. Vos sos luz. Nosotros, los que escuchamos a Jesús, los discípulos de él ya somos sal y luz. Estas palabras no están dirigidas a todos, sino a los discípulos, a los que siguen de cerca a Jesús. Si te considerás discípulo, seguidor de Jesús, ya sos sal, ya sos luz. Jesús nos dice: ustedes son la sal, ustedes son la luz. No dice: deben ser, tienen que ser. Ya somos la sal que sala el mundo, ya somos la luz que ilumina el mundo. Tenemos todo para ser sal y luz. Por eso la gran pregunta para nosotros debería ser ¿Estamos salando? ¿Estamos iluminando? ¿Para qué salamos e iluminamos? Salamos e iluminamos para que los demás den Gloria al Padre, no a nosotros, para que lo reconozcan a Él. No hacemos filantropía, no hacemos el bien para sentirnos bien o únicamente por amor al hombre, sino que nosotros hacemos caridad, vivimos de la caridad, algo mucho más profundo. Amamos para que otros amen al Padre, le den Gloria. Eso es lo que nos debe distinguir. No hacemos cosas buenas para ser buenos, porque es lindo hacer cosas buenas. Hacemos obras buenas para que los demás descubran que son hijos, para que descubran que son niños y que dependen de un Padre. Somos sal que sala, pero no se ve, una vez que se mezcla con la comida deja de verse. Somos luz que ilumina pero que en realidad el generador de luz es Jesús. Somos hijos de Dios que descubrimos la maravilla de ser hijos y vivimos en medio de un mundo que no quiere depender de Dios. Nosotros con nuestra vida queremos que el mundo descubra que es lindo ser hijos, es lindo ser dependientes del Padre, es lindo tener hermanos.